Pedro Lemebel. Oda a la diosa de lo irrepetible

“¿Y entonces?/¿Qué harán con nosotros compañero?/ ¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos/ con destino a un sidario cubano?/ Nos meterán en algún tren de ninguna parte…/ ¿No habrá un maricón en alguna esquina/ desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?/¿Van a dejarnos bordar de pájaros/ las banderas de la patria libre?”.

Pedro Lemebel interpela al auditorio. Lleva tacos altos, una hoz maquillada, que le nace en la boca y le abarca la mejilla. Del otro lado, enmudecidos, militantes de partidos de izquierda lo escuchan de pie. Es 1986 y están reunidos en la Estación Mapocho, una estación que sirve de reuniones desde que los trenes no circulan más en Chile. Ser marica, gay, puto, loca es aún más peligroso que ser zurdo en el país de Pinochet. Para los de derecha y para la izquierda comunista que se siente incómoda ante el reclamo. Mucho tuvo que ver en romper las estructuras Pedro y también Las Yeguas del Apocalipsis. (Por Nadia Fink)

“Pobre y maricón”

“Pero no me hable del proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor/Hay que ser ácido/ para soportarlo/ Es darle un rodeo a los machitos de la esquina/ Es un padre que te odia/ Porque al hijo se le dobla la patita/ Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro/ Envejecidas de limpieza/ Acunándote de enfermo/ Por malas costumbres/ Por mala suerte”.

Pedro Mardones Lemebel nació en el sur de Santiago en 1952 a orillas del Zanjón de La Aguada, un canal donde el agua pasa turbia. Hijo de Pedro, panadero, y de Violeta, ama de casa, su infancia transcurrió en esa zona donde el barro lo abarcaba todo. De ese paisaje, de sus ojos que tanto vieron, contaba, nacieron las crónicas urbanas que fueron su marca registrada. Sólo que Pedro no escribía aún, aunque sus ojos capturaran imágenes para el futuro, y también rabia.
El Mardones se fue perdiendo en el camino, cuando ya publicara varios libros y quisiera reivindicar el apellido de su madre. Ya había pasado la adolescencia en un edificio de monoblocks de la avenida Departamental, el secundario en el Liceo industrial y la Universidad, de donde salió con el título de Profesor de Artes Plásticas.
Corrían los años ochenta y los toques de queda y los cruces con los carabineros eran el clima de la ciudad. En ese contexto, Pedro comenzó el taller literario que le haría soltar la palabra escrita y lo vincularía a la efervescencia política de aquellos años en los que hasta reunirse estaba prohibido. De ese taller surgió el cuento “Porque el tiempo está cerca”, que ganara un concurso y fuera publicado en una antología de 1982. ¿El tema del relato? La vida de un hombre joven que se prostituye por necesidad. La chispa comenzaba a encenderse y el fuego, a crecer.
Fue en 1988 cuando nacieron Las Yeguas del Apocalipsis. Él y Francisco Casas, que estudiaba literatura y era también libre y loca, conformaron ese dúo que venía a romper todo lo establecido. Su arte era completamente disruptivo: descolocaba, avergonzaba, sorprendía, maravillaba. Los aplausos tardaban un poco en llegar, los silencios y las miradas de reojo, mucho menos. Para ese entonces, Pedro ya había estrenado sus tacones, el descontento con el gobierno crecía notoriamente y el SIDA había hecho que la homosexualidad se hiciera visible: de estar ocultos, pasaban a ser una suerte de peligro y eran mirados entre el miedo y la lástima.
La primera aparición de las Yeguas… fue el 22 de octubre de aquel año, en la entrega del premio de poesía Pablo Neruda. Con una corona de espinas que armaron por el camino, subieron al escenario e intentaron premiar al galardonado ese día: Raúl Zurita, quien rechazó la ofrenda de inmediato.
A partir de ahí, el mito creció de boca en boca: la literatura y el arte temblaban ante la posible aparición fantasma de las vengadoras de la contracultura. Si bien sus performances no fueron más de veinte, como buen mito que crece con el rumor y la sorpresa, parece que fueron muchas más a las que se hubiera asistido según el relato de la gente. Sin embargo, como afirmó Lemebel: “Éramos las diosas de lo irrepetible”, y pocos registros hay de aquellas andanzas. Una de las más recordadas fue la recreación travestida de “Las dos Fridas”, la pintura realizada por la artista plástica mexicana Frida Kahlo. Si bien se trató de una serie de fotografías en blanco y negro, tuvieron la posibilidad de exponerla en vivo un día en el que reprodujeron la pintura sentadas durante más de tres horas. También bailaron la cueca sobre vidrios, atravesaron la ciudad en un corcel blanco cual Lady Godiva y, por qué no, también asistieron a un encuentro que Patricio Aylwin (candidato opositor a Pinochet en 1989) realizó para los intelectuales del país. “Llegamos con impermeables, nos pusimos los tacos y las plumas rápido y extendimos un lienzo que decía ‘Homosexuales por el cambio’”, recordaba Pedro. Luego de tres minutos se bajaron, y los sacaron a patadas. “¿Por qué le hicieron esto a mi papá? Ahora la derecha va a decir que mi papá apoya a los homosexuales”, fueron las palabras de la hija del candidato.

Comer rabia, vomitar palabras

“Mi hombría fue morderme las burlas/ Comer rabia para no matar a todo el mundo/ Mi hombría es aceptarme diferente/ Ser cobarde es mucho más duro/ Yo no pongo la otra mejilla/ Pongo el culo compañero/ Y ésa es mi venganza”.

Los noventa fueron el fin de la dictadura para Chile y para Lemebel, la escritura imparable. En esos años nacieron sus libros de crónica: el primero La Esquina es mi Corazón, en 1995; Loco Afán en 1996 y De Perlas y Cicatrices en 1998 (“Este libro viene de un proceso, juicio público y gargajeado Nuremberg a personajes compinches del horror. Para ellos techo de vidrio, trizado por el develaje póstumo de su oportunista silencio, homenajes tardíos a otros, quizás todavía húmedos en la vejación de sus costras. Retratos, atmósferas, paisajes, perlas y cicatrices que eslabonan la reciente memoria, aún recuperable, todavía entumida en la concha caricia de su tibia garra testimonial”, cuenta en su introducción).
Sobre ese libro de crónicas inicial, Lemebel dijo en una entrevista: “A veces tengo el descaro de decir que lo que tenía que hacer ya lo hice: fue un libro que publiqué en 1995, La Esquina es mi Corazón. Es lo único que he escrito, el resto me he plagiado. En ese libro yo deposito toda la razón por la que escribo”. Si bien en las entrevistas es contradictorio, de a ratos generoso, de a ratos malhumorado, en casi todas parece su palabra repleta de poesía. A veces cuenta verdades comprobables, otras, desvirtúa el pasado para hacerlo más cercano con su presente. A pesar de todo esto, coincidimos en que ese libro condensa toda su palabra: una serie de crónicas urbanas que hablan de lo que se puede encontrar en esa ciudad violenta y turbia, pobre y facha, triste y esperanzada. La crítica social atravesando todo, y la homosexualidad como punto de vista del/la narrador/a omnisciente que pone el cuerpo, y el culo.
Así, en “La esquina es mi corazón (o los New Kids del bloque)” aparece el barrio, las calles, las tribus urbanas, la pobreza de los pibes condenados a la bala: “Aquí el tiempo se descuelga en manchas de humedad que velan los rostros refractados de ventana a ventana, de cuenca a cuenca, como si el mirar perdiera toda autonomía en la repetición del gesto amurallado. Aquí los días se arrastran por escaleras y pasillos que trapean las mujeres de manos tajeadas por el cloro, comentando la última historia de los locos”.
En “Cómo no te voy a querer (o la micropolítica de las barras)”, su lengua ácida apunta a los barrabravas (y a la homosexualidad implícita que se esconde en ellos y en el fútbol): “Pero más allá de la rivalidad por los goles o el penal a último minuto, ellos saben que vienen de donde mismo, se recuerdan yuntas tras la barricada antidictadura y están seguros de que la bota policial no hará diferencia al estrellarse en sus nalgas”.
O en “Encajes de acero para una almohada penitencial” las cárceles son el contexto en el que hablar de violación a hombres, sí, pero también apuntar sus misiles contra la mirada diferente sobre la mujer: “A diferencia de la violación a una mujer, que ocurre en la narrativa porno del cotidiano y se deja escurrir como desagüe natural ante la provocación de Eva a la frágil erótica del macho. Donde cierto compadrazgo patriarcal avala estas prácticas y las promueve, como poses y postales que no incomodan tanto la visual cristiana como el ultraje al tabernáculo masculino”.
Pero también “las micro”, esos buses pequeños que aún recorrían el país son las protagonistas de “Coleópteros en el parabrisas” y de un país que gana en modernidad para perder en la tradición de la paciencia y la observación: “Así, las micros se exilian en su desguañangada senectud. Buses aerodinámicos borran su carnaval ceniciento, trazan nuevas rutas sin riesgo y numeraciones codificadas que reemplazan la poética de los an-tiguos recorridos. La ciudad estalla en una megalópolis apresurada para el sopor de estos paquidermos, que se alejan de la urbe tosiendo sus vapores mortíferos, reflejando en los vidrios parchados las cintas doradas de la modernidad”.

El gran salto

Cuando en 1999 el escritor Roberto Bolaño –que residía en España y regresó a Chile, su país natal, luego de 25 años– publicó un artículo en la revista española Ajoblanco, en el que elogiaba a Lemebel, el gueto literario chileno puso el grito en el cielo. Lo que en tantos años de prosa prolija y bienintencionada no habían podido conseguir, Pedro lo conseguía siendo quien era: publicar con el sello Anagrama. Es que lo de Bolaño no quedó en la pluma, sino que además llevó sus libros a España para que se editaran allá. Así habló Bolaño en una entrevista: “Pedro dijo una vez: ‘Soy pobre y maricón’. Eso tiene un gran valor moral y poético. Yo soy pobre y heterosexual, que viene a ser casi lo mismo. Todo escritor que lo sea de verdad, en algún momento de su vida ha sido pobre y homosexual, en el sentido de estar en una especie de intemperie con respeto a la sociedad. Lo impresionante de Lemebel es que lo dice desde una literalidad absoluta, no desde la metáfora”.
La oruga se transformaba en mariposa y el público empezaba a identificarse con el visceral y poético Lemebel. Su novela Tengo Miedo Torero, de 2001, estuvo durante un año como la más vendida del país. Pero poco después de publicada, fallecería su madre. “Ella fue el gran amor de mi vida, después que ella murió supe que nunca iba a tener un amor más grande”, dijo en una entrevista. “A Violeta, la mujer que me dio la voz”, le había dedicado en su segundo libro, Loco Afán. Ya no estaba ella, la mujer que, también, le había dado su apellido, y su identidad.
Después llegaron nuevos libros y, como un estigma, a ellos le sucedía la muerte de seres queridos: Zanjón de la Aguada en 2003, el año en que murió Roberto Bolaño y Adiós Mariquita Linda, en 2005, con la muerte de su amiga Gladys Marín, la emblemática dirigente comunista chilena y ex candidata a la presidencia. Tal vez por ese miedo a las novelas, Lemebel volvió a la crónica y en 2008 publicó Serenta Cafiola: “Es un pentagrama, en todas las épocas de mi vida hubo música. Son todas crónicas publicadas, y le hice un diseño en este ‘cancionero memorial’”, contó sobre ese libro en una entrevista radial.
Enfrentó varias veces un cáncer de laringe que se lo terminó llevando el 23 de enero de 2015, a los 62 años. Supo decir, siempre aprovechando el espacio para su crítica feroz, ante la pregunta: “Ha enfrentado un cáncer. ¿Qué es peor: la enfermedad o las secuelas de la dictadura?, “Prefiero el cáncer, quizás se puede revertir. La dictadura queda para siempre en la impune ausencia de nuestros muertos”.

Poniendo el cuerpo y la palabra, Pedro supo trazar un camino difícil, que lo encontró reconocido nacional e internacionalmente por un público fiel y multicolor. Su literatura, asociada a lo gay por quienes buscan ceñirse a estructuras establecidas, (“Ante este tema cito lo que dijo Carlos Monsiváis, mi amigo que ya no está. Más que literatura homosexual, hablamos de una subjetividad castigada, de una sensibilidad ignorada”) deja puertas abiertas a la “sensibilidad ignorada” en un mundo donde lo diverso, las múltiples formas de ser y de construirse, grita cada vez más fuerte.
El día de su velorio, miles de personas desfilaron frente a su cajón pleno de flores, fotos, música, bailes, poesía. Como en un ritual pagano, la ceremonia fue caótica y multicolor.
En ese manifiesto que leyó en 1986, por primera vez sobre sus tacones, hablaba por su diferencia, pero también por la de muchos más. Decía, y nos sigue diciendo: “Y no es por mí/ Yo estoy viejo/ Y su utopía es para las generaciones futuras/ Hay tantos niños que van a nacer/ Con una alita rota/ Y yo quiero que vuelen compañero/ Que su revolución/ Les dé un pedazo de cielo rojo/ Para que puedan volar”.

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